Era invierno y, me enamore de ella desde que la vi por primera vez, en aquel amanecer cuando apareció en el horizonte, la forma de sus bajas montañas y su costa pequeña y recogida fue como una invitación a quedarme en ella.
Mi isla, como yo la llamo, es una isla risueña y alegre cuando hace sol, melancólica cuando el cielo está gris y, muy triste cuando el cielo llora, ¿ pero no es así la vida?.
Si. Son las nubes, son la nubes las que, cuando juegan con el sol juegan con mi alma.
No sé por qué, pero en mi isla, en ésta época del año, el corazón me tiembla fácilmente y los estados de ánimo se renuevan como el viento que respiro.
A veces casi sin transición, noto que paso de una intensa alegría, a una extraña y tenaz melancolía, que nada hago para que desaparezca, soy feliz, me siento libre. Ando. Paseo. Miro sin ser visto. Duermo. Me despierto. Me río. Sonrío a la estrellas. Que más puedo pedir. Formentera es mi isla de invierno, y probablemente de la Eternidad.