Pasear el grueso volumen de Ana Karenina por los pasillos del metro no es en mi caso muestra alguna de mi gusto por Tolstoi. Ni siquiera por la cultura rusa. El argumento me parece un poco estúpido, y nunca consigo leer más de tres páginas seguidas. Pero el ejemplar es lo suficientemente voluminoso como para no pasar desapercibido a los demás usuarios. El título, en la edición que poseo, marca en gruesas letras rojas, de manera bastante atractiva, el nombre de la pobre enamorada de Vronsky. Con él, me paseo con frecuencia por la línea que conduce a las facultades de letras. Me siento en algún vagón mientras desplazo mi dedo por alguna página como haciendo que leo, pero asegurándome que la posición de la portada deje ver con suficiente claridad el título de mi gruesa novela a la mayor cantidad de pasajeros. A veces, también lo hago durante largos ratos en algún andén. En cualquier caso, siempre con cierta concupiscencia en la mirada. Desde que empieza la primavera, además, acompaño este simple ritual con una puesta en escena que incluye camisetas ajustadas y de mangas estrechas. que resaltan sin duda la marca de mis bíceps cuando con sutilidad los muevo al pasar las páginas. De esta forma, consigo atraer miradas de estudiantes y profesores, ya sea en la mañana, mientras se dirigen a clase, somnolientos pero frescos y perfumados, o por las tardes, con sus cabellos algo más alborotados pero las mentes más propensas a cometer actos carnales, que en el fondo, no nos engañemos, es lo que busco yo. De la mirada de curiosidad de ellos, hago yo mi engaño, atrapándoles con mi sonrisa y dejando caer esa mirada de deseo que siempre consigue atraerles. Por supuesto, hace falta un poco de conversación pues el colectivo universitario siempre se resiste un poco más que el resto. Para ello he debido no sólo aprender el argumento del dichoso culebrón, sin también algo del autor y de historia rusa del siglo XIX. Pero desde que me muevo con soltura por Internet, estas búsquedas se han convertido en algo más que fácil, y aprender ciertos datos, todo un reto cuando el objetivo es algo cuyo pensamiento me despierta la entrepierna. Creo que casi he llegado a convertirme en un experto en la materia (la rusa y la amatoria, ambas) además de descubrir la gran ignorancia de la clase universitaria de esta ciudad. Con la práctica, he llegado incluso a construir en mi cabeza mi propio catálogo de perfiles de "cazados" y, para cada uno, he conseguido desarrollar los métodos más rápidos de persuasión para llevármelos a la cama o al baño de alguna estación. según los casos. Eso sí, nunca repito. Cuando me vuelvo a cruzar con alguno de los chicos que han probado las esquinas de mi Ana Karenina sobre el somier o contra los azulejos de la pared del retrete, les aparto la mirada, como en un acto de repudia que estoy seguro les genera cierto desasosiego. ¿Qué le voy a hacer?, supongo que algo de irresistible debo tener... Hasta la fecha, ninguno se ha lanzado a las vías, cual Ana Karenina obsesiva y desesperada. Al menos que yo sepa. Esta semana, sin embargo, quien sí va camino de la obsesiva Ana soy yo. Y es que, desde que apareció Óscar en el andén, con su ejemplar de Guerra y Paz en la mano, no dejo de pensar en él. En este caso, afortunadamente, saber de literatura rusa y de Tolstoi, aunque sean todo datos aprendidos de memoria, me sirvió para entablar conversación con él, pues tengo la impresión que las miradas funcionan poco con este chico. Lo malo es que he cometido el error de repetir con él. Es más, he repetido todos los días de esta semana. Siempre en baños públicos, en ascensores, incluso en pasillos oscuros lo hemos hecho. Pero nada, su teléfono no me lo da. Y ya comienzo a desesperarme un poco, sobre todo desde que hace dos días no aparece por nuestro andén particular. Ni a la hora de siempre ni a otras. Hoy he pasado toda la mañana y parte de la tarde en el mismo banco. Creo que he llegado a ver a algunos pasajeros hasta tres veces. Y, del fluorescente que parpadea en el fondo, incluso he aprendido a calcular su ritmo con precisión. Pero nada, Óscar no aparece. Hasta he comenzado a leer de verdad mi Ana Karenina. Al final, tampoco es tan aburrido.